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Confesiones a un amigo

quijote

Nunca le he dicho que es uno de mis mejores amigos aunque la vida aun no nos haya puesto a prueba. Tal vez la mayor de todas sea la paciencia de escuchar mis penas y alegrarse sinceramente de mis alegrías.

Mi amigo escribe como yo misma quisiera hacerlo alguna vez. Recuerdo que descubrí sus crónicas cuando inicié mi romance con esta divina profesión en los días de la Facultad y desde entonces comencé a admirarlo. Y aunque ya han pasado algunos años y mi pasión ha sufrido decepciones, él sigue siendo un periodista de los que quisiera siempre a mi lado en una Redacción.

Pocas veces le he dado mis garabatos y es que me avergüenza que su eterna bondad lo obligaran a ocultarme mi más terrible sospecha. Tal vez por eso he decidido practicar con él más el rol de amiga y admiradora que de colega.

Llegó a mi vida cuando mis hermanas partieron y sus afectos han sido bálsamo pero ojalá lo hubiese conocido con el tiempo suficiente para juntar pupitre con pupitre, compartir notas de clases y conspirar cuando la profesora diera la espalada.

Hoy le hago estas confesiones desde la intimidad pública de un blog. Temo que no le plazca del todo porque sé cuánto desaprueba las amistades de vitrina. Aun así me arriesgo, él sabe que mi mano estará al alcance de la suya, siempre.

A ese “ser gracioso pero no divertido” que desde su Caimán me saca una sonrisa o toca las fibras más sensibles de mi alma;

Al pesimista más optimista que conozco;

Al amigo inconfesado que recordaré siempre;

Al más desgarbado y sencillo de los hombres;

Al Quijote justiciero de mil entuertos;

Al Martiano de convicción.

Un día nos tomaremos ese refresco juntos donde queremos y sin sabotajes gastronómicos.

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mayo 2, 2013 · 5:16 pm