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El loco de Mamonal

Disculpen si al final de esta crónica el título les resulta demasiado literal pero el nombre de ese pequeño pueblo de Ciego de Ávila ya de por sí solo es una curiosidad capaz de despertar las más obvias suspicacias. Supongo que no debo jurarles que cuando me empezaron a hacer el cuento con las coordenadas geográficas de rigor, mi amigo tuvo que hacer una pausa porque con un nombre así, no quiero ni imaginarme cómo se diga el gentilicio.

Pero lo hilarante de esta historia no está precisamente en el toponímico Mamonal sino en la gente que habita este recóndito paraje. Vaya que si García Márquez hubiese nacido de este lado del Caribe no hubiese dudado en escogerlo para fundar su Macondo de maravillas. Sigue leyendo

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Cuento loco sobre locos

No me dan miedo los locos, aunque sí les tengo respeto. Es que una nunca sabe por lo que le puede dar. Lo mismo te suenan un beso en medio de la cara o te caen a golpes. En esta ciudad abundan los locos, como en cualquier otra parte del mundo supongo. Los hay a quienes llamamos locos porque se atreven a todo sin medir consecuencias; los soñadores que sueñan con la posibilidad de lo imposible; los que se hacen los locos para sacar provecho y aquellos otros que si están tosta’os de verdad. Esos loquillos graciosos que alegran cualquier espacio. Ayer domingo, cuando íbamos para la casa mi novio y yo, paramos en el Parque Agramonte. La música de la Banda Provincial de Conciertos fue irresistible. Un tumulto alrededor miraba y entre todos un par de locos a quienes sospecho el alcohol les hizo perder la razón hace mucho, bailaban lo mismo un bolero que una contradanza. Se movían sin pudor ni preocupación por las decenas de ojos y lentes que los enfocaban. Giros, tiradera pa’l piso, pañuelo en mano y risas del público. Al final, aplausos y más risas. Yo, que rápido pensé en este post para el día siguiente estrenarlo en mi blog, llamo a mi novio para que saque el celular e improvise una foto. Posan los dos locos a gusto y justo cuando pensé que un Gracias era suficiente, me dice uno extendiendo la mano: “Unas moneditas pal café, compa”. ¡Vaya, ya hasta la locura tiene su precio!, pensé.

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