Cuento loco sobre locos

No me dan miedo los locos, aunque sí les tengo respeto. Es que una nunca sabe por lo que le puede dar. Lo mismo te suenan un beso en medio de la cara o te caen a golpes. En esta ciudad abundan los locos, como en cualquier otra parte del mundo supongo. Los hay a quienes llamamos locos porque se atreven a todo sin medir consecuencias; los soñadores que sueñan con la posibilidad de lo imposible; los que se hacen los locos para sacar provecho y aquellos otros que si están tosta’os de verdad. Esos loquillos graciosos que alegran cualquier espacio. Ayer domingo, cuando íbamos para la casa mi novio y yo, paramos en el Parque Agramonte. La música de la Banda Provincial de Conciertos fue irresistible. Un tumulto alrededor miraba y entre todos un par de locos a quienes sospecho el alcohol les hizo perder la razón hace mucho, bailaban lo mismo un bolero que una contradanza. Se movían sin pudor ni preocupación por las decenas de ojos y lentes que los enfocaban. Giros, tiradera pa’l piso, pañuelo en mano y risas del público. Al final, aplausos y más risas. Yo, que rápido pensé en este post para el día siguiente estrenarlo en mi blog, llamo a mi novio para que saque el celular e improvise una foto. Posan los dos locos a gusto y justo cuando pensé que un Gracias era suficiente, me dice uno extendiendo la mano: “Unas moneditas pal café, compa”. ¡Vaya, ya hasta la locura tiene su precio!, pensé.

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!Una bocanada a tu salud!

Cada vez que alguien le compraba cigarros, luego de darle la cajetilla, él soltaba aquella paradoja: !Salud, compañero! Y el cliente no llegaba a descifrar si aquella frase era una broma macabra o fruto de la conformidad ante un vicio que reconocía incurable.

De cualquier forma, tanto fumador como vendedor hallaban sentido a ese hábito sin sentido de inhalar la muerte y devolverla en bocanadas de humo hasta el día que se le quedara atrapada dentro para siempre. Sigue leyendo

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¡Aprobado por unanimidad!

Yo no podía pensar exactamente igual a él. Otra época, otra edad, otras vivencias pero ambos compartíamos una misma pasión: Cuba.
Para nosotros los jóvenes es fácil cuestionar los errores de tiempos pasados, no fueron los nuestros. ¿Acaso hubiéramos sido iguales? Lo que sí no es comprensible es que volvamos a equivocarnos una y otra vez a causa de un mismo defecto, aquel que silencia la crítica y mutila el ejercicio del criterio. Ahí está el verdadero problema: no en equivocarse, sino en los absolutismos, no decir lo que pensamos o no escuchar la opinión del otro. Sigue leyendo

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Cuento moderno de brujas y villanos

Un mal sueño puede ser el detonante. Nada, que nos levantamos con la leche cortada y comenzamos a descobrarnos con el primero que vemos y así el mal se reproduce cual cadena de maltratos. Pero este comentario no se irá por esa cuerda. No hablaré de esos días o momentos negros que podemos tener cualquiera porque simplemente somos seres humanos con problemas.

Esta vez hablaré de esos “problemas” a quienes llaman seres humanos. Verdaderos personajes del conflicto, aquel que no puede pasar un día sin hacer de las suyas y no me refiero al pícaro o bromista, sino a ese que en analogía con los animados bien podría ser una de esas brujas o villanos de Disney. Sigue leyendo

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¿Y dónde están los jóvenes?

En ese momento el silencio fue de campo santo y sintió todas aquellas miradas como agujas en su rostro hincándole la vergüenza y reprochándole cobardía. Quiso volverse invisible, hacer que aquella silla lo tragara pero fue imposible eludir la emboscada del colectivo. Con la propuesta lo habían puesto a escoger entre el estigma de la apatía y el martirio de un cargo.

Muchas veces los jóvenes nos hemos sentido así en medio de una asamblea donde se decide la elección para un puesto o responsabilidad. Las frecuentes evasiones han hecho que se nos cuestione nuestro compromiso con el proceso revolucionario. A veces se nos recrimina incluso nuestra condición de jóvenes como si nacer en esta época y no haber luchado en la Sierra o ido a la alfabetización fuera un pecado. Sigue leyendo

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¡Y se formó, caballero!

Fue una noche de trabajo, de esas investigaciones encubiertas tipo película que nos hizo soñar a muchos al escoger esta profesión. Veníamos de regreso bajando la calle República el Ale y yo, cuando vimos el molote en la Plaza del Gallo. Como el buen cubano que se respete no declina a asomar las narices ante un rollo así, allá fuimos a posar las nuestras.

El barullo era festivo, la Ciudad celebraba la Semana de la Cultura y los Zafiros, herederos de aquella antológica agrupación vocal, ponía a menear el esqueleto de todos. ¡Vaya hasta los jóvenes coreaban aquellas viejas canciones inmortales!

Pero lo mejor fue al final, con La Caminadora se armó un tren de personas alrededor de los músicos. Una euforia colectiva fue aquello: brazo en el hombro del de alante, completo desconocido, cubano igual, hermano de realidades. Y el viejo vendedor con la caja de maníes en la cabeza tiraba su pasillito cual Benny Moré popular.

No sé como arman su pachanga los europeos, pero aquí no hace falta de presentaciones ni credenciales ni rangos para sentirnos como iguales en la alegria y en las penas.

Supongo que esa sensación de pertenencia, de cercanía es la que todavía no logran captar los libros de historia.

(Ah, las fotos son del Ale, pa’ que no diga que le robo crédito.)

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Retrato de familia en blanco y negro

Le oi decir a alguien que una de las mejores escenas familiares que recuerda en Cuba es la de los apagones -o alumbrones, como se llamaron en aquella época durísima de los 90′. Yo estaba en la primaria pero aun tengo en la memoria algunos de esos momentos y como a muchos contemporáneos no los asocio con malos ratos. Es que la vivencia de aquel tiempo para niños y adultos no fue la misma.

Nosotros, los niños, vivíamos en una feliz inocencia. Las noches eran para jugar al escondite o al topao’. Mientras, los padres hacían magia a la cubana -como dice otra amiga- para poder llevar un plato a la mesa.

Me acuerdo de esas veladas calurosas en la terraza, con el mechón de epicentro, en las que la abuela cantaba boleros y mi papá nos hacía cuentos de cuando era un adolescente. A pesar de las carencias, fue un momento de unión, de inventiva pero también de pérdidas. Sigue leyendo

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