Serenata a mis riñones

Mis riñones me están fallando. No se preocupen, no haré otra crónica de “una muerte anunciada”. Pero desde niña me inquietó la idea de morir. Recuerdo como me pasé más de una hora llorando en la almohada cuando capté la idea que cuando uno se moría se dejaba de existir, no sería más: no respiraría, no jugaría a las muñecas, no vería los dibujos animados, simplemente, era el fin. Tal vez le sorprenda percatarse que también desde temprano tengo una visión materialista del mundo porque no me consolaba con la promesa de “un más allá”.

Bueno, para no desviarme de la idea central de este artículo y no me acusen luego de incoherente, continúo con el tema de mis riñones, pero verán que una cosa tiene que ver con la otra. Como les dije: me están fallando. En menos de seis meses ya atesoro dos infecciones urinarias. Mis más queridos seres se han encargado de atemorizarme con fallas renales futuras, con patologías crónicas y hasta con hemodiálisis por tal de que tome fundamento y me cuide más.

Y antes de que algún médico o aspirante a hacerlo que esté leyendoe este post se adelante a imaginar posibles causas de mi dolencia, déjeme ayudarlo. Tengo la nefasta costumbre de tomar poca agua, simplemente no me da sed, a no ser que esté sudando la gota gorda. Y así sin quererlo, sin premeditación ni alevosía alguna, he condenado a mi nefrótico par a sufrir sequías prolongadas.

No les hago llover y con solo 26 añitos que cumplirán en pocos días mis buenos “gemelos” ya poseen cicatrices en sus guerras contra invasiones bacterianas. Me aterra pensar que justo cuando debieran gozar de una lozanía glandular y fibrosa, yo les esté haciendo sufrir. En mis premuras y desafueros cotidianos nunca escuché su llanto seco y sordo hasta hace dos semanas atrás en que desde lo más profundo de mis vísceras sentí un eco doloroso. Es la columna, pensé pero ahí fue cuando más se hicieron doler y no tuve duda alguna.

Ahora que insecticido mis entrañas cada doce horas con antibióticos y desbordo mis diques con tres litros de agua al día, aspiro que pronto en sus tejidos vuelva a florecer la vida. Creo haber aprendido una lección tan antigua como la historia misma la humanidad. Y antes de que se la diga le advierto, no se ría porque a veces caemos de bruces ante lo obvio:

Sin mis riñones no puedo vivir”. Y si es posible que esta reflexión interna en algún cruce o conexión nerviosa llegue a ellos, quiero que hasta la última nefrona de mi ser sepa que: los quiero mucho y espero sinceramente que mis riñones me sepan perdonar.

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